La pintura de María Álvarez se desarrolla como una exploración de los espacios interiores y de las formas que permiten hacerlos visibles. En su trabajo investiga la tensión entre lo que se muestra y lo que permanece oculto, entre la presencia física de la imagen y aquello que solo puede intuirse.
Su lenguaje pictórico se construye a partir de un color base que permanece latente bajo la superficie y se deja entrever a través de capas, veladuras y transparencias. Ese color actúa como un sustrato común, un elemento unificador que impregna la obra y remite a una dimensión profunda y no del todo revelada. La composición adquiere un papel esencial en su proceso, generando un diálogo constante entre estabilidad y tensión, equilibrio y fragilidad.
La naturaleza, la arquitectura y la figura humana aparecen como símbolos recurrentes, no como representaciones literales, sino como proyecciones de un estado interior. Montañas, caminos, recipientes o estructuras se convierten en espacios de tránsito donde lo visible funciona como reflejo de una experiencia más profunda.
Su pintura no busca narrar, sino abrir un lugar de contemplación. Un territorio donde la imagen actúa como un contenedor de vida latente, de emociones y pensamientos que no se muestran de forma explícita, pero que sostienen la obra desde dentro. Crear, en este sentido, es una forma de habitar la pregunta y de sostener el equilibrio en lo inestable.
María Álvarez’s painting explores inner spaces and the forms that make them visible. Her work moves within the tension between what is revealed and what remains hidden, between the physical presence of the image and what can only be sensed.
Her visual language is built around a base color that lies beneath the surface and gradually emerges through layers, glazes, and transparencies. This color acts as a unifying element, permeating the work and pointing toward a deep, not fully revealed dimension. Composition plays a central role in her process, creating a constant dialogue between balance and fragility, stability and tension.
Elements of nature, architecture, and the human figure appear as recurring symbols—not as literal representations, but as reflections of inner states. Mountains, paths, vessels, and structures become transitional spaces, where the visible mirrors a deeper experience.
Rather than telling a story, her painting opens a space for contemplation. A place where the image becomes a container for latent life, emotions, and thoughts that are not explicitly shown but quietly sustain the work from within. In this sense, creating is a way of inhabiting questions and holding balance within uncertainty.