“...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
92 x 65 cm
92 x 65 cm
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
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 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
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92 x 65 cm
92 x 65 cm“...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.(Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
“...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.(Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
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 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
“...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.(Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
“...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.(Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
 “...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.  De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.  Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.  En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.  (Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
“...Al cumplirse un lustro de su primera individual, La presente exposición de María Alvarez ( Valencia, 1974 ) viene a confirmar con creces la voluntad de evolución en la conti- nuidad de forma y fondo, atisbaba en su muestra del 2001 en este mismo espacio, asumi- da por la autora como crónica sensible del desarrollo de su propia mirada, del proyecto vital.De arboles elongados en curvilínea idealización objetual vinculantes de cielo y tierra, muros que separaban fértiles tierras en paradojal discontinuidad y diminutos perso- najes habitantes de una naturaleza incierta sugeridamente por definir, estaba hecho el mundo, expositivamente inicial, de la pintora. De aquella experiencia de tintes lúdicos en su exploración del paisaje, Alvarez progresaría, más tarde, hacia cauces más oníricos acen- tuando la ficcionalidad de las formas en su monumentalidad y omnipotencia escénica pero manteniendo un dibujo elementalists y una paleta escueta.Hoy, la alusión directamente autoreferencial de la figuración humana ha dado paso al simbolismo de la fruta, la naturaleza y la geometría se funden en un sólido tapete de placas tectónicas activas y la animación objetualista encuentra en el retazo arquitectónico acomodo al juego metafórico de lindes surreales que es eje del ejercicio propuesto, con un resultado conjunto, de desnuda geografía y sintético cromatismo enfetizador del valor tridimensional e icónico de lo representado, afín al tema del bodegón. Cual tuberculos que en la madurez ansían nuevos futuros, los frutos protagonistas de estas pinturas alzan sus brotes anhelantes, surgiendo fértiles desde hendiduras geológicas que no obstante en su móvil condición son basamento seguro para el alzamiento de construcciones arquitec- tónicas aún frágiles por inacabadas-sugeridas como maquetas de papel aspirantes a otras materialidades-que les protegen- en circular ilación- en ampero animista de su condición, por otro lado, representación del diálogo entre sentimientos y razones, o entre sueños y verificaciones, omnipresente en una pintura de susurros y preguntas.En la obra de María Alvarez todo es inestable e incierto, pero todo se proyecta con certeza desde sus orígenes. La casa del hombre es aquí refugio en construcción del fruto que sueño ser nueva simiente, como la propia pintura perfila sus nuevas ambiciones en la crónica de sus realidades.(Diario Levante) Christian Parra-Duhalde. 2004
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